EL TIEMPO ULISES”

 

© 2.000 M. José Feal Veira

 

 

Pocas semanas faltaban para terminar el verano.  Era septiembre. Yo me encontraba en la bahía de La Coruña, desde las rocas que rodean el faro del dique de abrigo, como tantas veces hiciera desde que había regresado a mi ciudad. Estaba sola. Abstraída mirando el mar y la cálida luz del mes de septiembre, tan grata…

Cuando va bajando el sol se asemeja a un polvillo dorado que todo lo envuelve y unifica.

Absorta como estaba, de pronto, una voz muy grave y muy  curtida por el viento y el mar, me espeta: ¿se está bien aquí? Giré la cabeza con un sobresalto pues se había roto el silencio lleno de susurros del aire y suave batir de olas…

Lo que vi fue una figura grande atlética, con cabeza erguida y cabello ensortijado. La verdad es que me asusté.

Miré a todos lados para ver si había alguien por allí cerca. No vi a nadie, pese a todo contesté haciendo ver que en absoluto estaba alterada ante esta situación.

Debí contestar bien y segura pues el personaje comenzó a hablar de su vida en el mar, mientras yo estaba ensimismada con sus palabras, analizaba sus gestos lentos y firmes. Parecía una estatua greco-romana, que tomando vida se dirigía a mí. Sin edad. Atemporal.

Atentamente escuchaba sus aventuras por los distintos mares en que había estado. Eran fascinantes.

Lo que definitivamente fue fantástico, es que cuando yo me levanté de la roca, puesto que debía regresar, no sin cierta pena, ya que me había inspirado toda confianza como si le hubiera conocido siglos antes, observé que en la muñeca de su mano izquierda de este hombre grande, atlético de cabello ensortijado, sin edad, portaba una pulsera rígida, fuerte y de gruesa plata, un torques.

Le comenté que años antes me habían regalado a mí una igual, cuando yo residía a orillas del Mediterráneo, cerca de Ampurias. El torques tenía una parte más ancha, para poder grabar.

Me dirigí a un grabador, mandé poner en letras anchas y fuertes ULISES. Así denominaba un tiempo de mi vida, de idas y venidas, de batallas de todo tipo, políticas, emocionales, existenciales…

Jamás la retiraba de mi muñeca izquierda era como un reloj que marcaba aquel tiempo de mi vida un mes, un año, otro año hasta que un día en uno de mis viajes al Mediterráneo, a la vuelta la retiré de mi mano, la metí en un maletín, maletín que fue robado y que me supuso una gran pérdida: torques, fotos, escritos, dibujos, etc. Todo entrañable por el significado de cada objeto. Irrepetibles.

Le contaba yo todo esto al hombre grande, atlético, de cabello ensortijado, y atemporal.

Con calma me enseñó la inscripción de su pulsera-Torques, con letras grandes y gruesas pude leer “ULISES”.

Mi asombro no tenía límites. La miré escrutadoramente, con detenimiento.¿es posible que fuera la mía? No lo era, había una leve variación, que aunque mínima yo recordaba muy bien, siempre la veía en mi mano día y noche durante años marcando el paso del tiempo, marcando las horas del tiempo Ulises.

Hablamos de esta misteriosa coincidencia, y ya de nuestro apego a la mitología greco-latina, a los dioses, a los héroes.

De todas formas el torques estaba en nuestra conversación, de una u otra forma. De cómo a él se lo habían regalado muchos muchos años antes en Creta; y de cómo llegó a mis manos mi torques, no tantos años antes, en Ampurias, nadie me lo había regalado realmente, todo era simple, ó aparentemente simple, un joven lo tenía, me gustó le veía un significado (no sabía cual, aún) me lo prestó, me lo puse (aún no tenía nombre alguno) pasó algún tiempo y el muchacho joven del Mediterráneo no lo encontré. Pregunté por él. No estaba. Yo lo seguí llevando en mi mano izquierda.

Todo esto me impresionaba, pero el hombre grande, de cabello ensortijado admitía y afirmaba que éstos hechos nunca son casualidades.

Le dije que yo pensaba lo mismo pues a lo largo de mi vida sucedieron y suceden gratamente fantásticas.

Llegó el momento de despedirnos. Percibía que vivía algo irrepetible, y una tibia, o no tan tibia nostalgia me invadió.

Me acompañó al principio del espigón, allá donde kilómetro y medio separa el faro de la ciudad.

Ahora era yo la que  hablaba a borbotones. Me sentía segura y con una grata sensación de sosiego y reencuentro con un  pasado entre cercano y lejano…

Nos despedimos ¡Hasta siempre! El hombre fuerte, atlético de cabello ensortijado regresó al faro, al mar; yo regresaba a la vorágine de la ciudad, sorprendida, nostálgica, feliz… las emociones se entrelazaban en mi cerebro.

Hace más de una década de este episodio.

Nunca nos volvimos a ver, pero sí a estar en contacto con el pensamiento.

Pero entonces me di cuenta que el tiempo Ulises y el Héroe se alejaban. En prenda me habían dejado el Mar Mediterráneo y el Océano Atlántico. ¡Algo tan grande en todos los sentido! Lo acepté con alegría y nostalgia.

Yo me había sentido Ulises ó como Ulises durante un periodo pasado de mi vida.

Por ello no necesitaba ya el torques-reloj para medir aquel tiempo, y el mismo Destino que me lo donó hizo que tornara a él.

Y me acuerdo de un autor  muy apreciado por mí: Álvaro Cunqueiro; a él le digo: todo ocurrió, todo es real. Aunque parezca una invención imaginada. La vida nos trae situaciones fantásticamente reales de las que siempre nos deja algo en prenda.

A mí Ulises me dejaba un paraíso perdido y el mar. Que no era poco….